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Telegramas desde París

Enciendo la radio

La Terminal 2 de Charles De Gaulle es clara y directa en sus indicaciones. Los viajeros con pasaportes internacionales anti-Unión Europea nos formamos en una fila ligeramente más larga. Unas bonitas francesas nos distribuyen rápidamente entre los diferentes agentes. Sin interacción alguna, nuestros pasaportes son sellados. Y así, sin mucha ceremonia, comienza mi invasión de un nuevo continente. Tenemos las indicaciones exactas paso a paso para llegar en autobús y tren subterráneo hasta la estación más cercana al departamento de Airbnb que rentamos. Nos decidimos mejor por un taxi. Cincuenta euros, cuarenta minutos y cientos de paredes grafiteadas después, llegamos al edificio adecuado en una pequeña rue en Le Marais. ¿El barrio? Nice, hipstersón. El taxista tiene un asombroso parecido –sin verme yo– a Fujimori. Nuestro contacto no está pero Florence nos recibe. Florence limpia casas. El viernes viaja por primera vez a New York, su sueño. Habla poco inglés pero lo hace con seguridad. Es muy atenta. Tiene unos cuarenta y cinco años. Nos dice que a la vuelta del departamento hay un Carrefour. Nos explica que hay que tener cuidado con los carteristas. Deja las llaves, contraseñas y se despide de nuestras vidas. Salimos a comprar comida. Entramos a un misterioso y reducido local chino donde ni mi inglés ni mi español sirven. Pero nada como agitar billetes, sonreír, señalar con la mano y aventar merci beaucoups por aquí y por allá. Un au revoir después nos dirigimos de regreso a nuestro balconcito parisino y vemos la típica escena francesa de gente plácidamente sentada en café tras café haciendo nada que se considere productivo del otro lado del charco. Comemos. La comida china mexicana es mejor que la comida china francesa. Dormimos. Nos adaptamos al horario. Despierto. Enciendo la radio y no entiendo nada. Me fascina.


Gárgolas de repente

Compramos los macarons al gelato más deliciosos del mundo en Amorino, donde un par de chicas nos atienden gustosas en inglés. Cantan mientras preparan los helados. La experiencia hasta el momento me hace decir que en general el servicio al cliente es espectacular en la ciudad. Cruzamos un par de puentes y ¡pum! de repente nos topamos con Notre-Dame. Once de la noche. Viento. Frío. Lluvia ligera. Impresionante es poco. Contamos los santos y admiramos las gárgolas. La rodeamos y nos sentamos en un pub, tal vez el único semi-vacío en toda la ciudad. El mesero más francés del mundo nos atiende y cuarenta euros después regresamos al depa. Despertamos al mediodía gracias al desajuste de nuestro horario biológico. Me dirijo un poco más adelante de la Plaza de la Bastilla para llegar al Río Siena donde corro entre ferris, turistas, amantes y Godínez en su descanso del mediodía. Llueve fuerte y me mojo en toda regla. Sonrío como tonto. Pocas veces me ocurre, pero ni la duración ni la distancia que conquisto en esta ocasión me importan.


Todo lo que te prometen

Aquí le dicen Uber Berline al Uber Black. Pido uno. Saman llega pocos minutos después a recogernos en Boulevard Voltaire. Le doy la dirección y cierro con un s’il vous plaît lleno de la total seguridad del que lleva más de cuarenta y ocho horas en la ciudad. Mi francés ultrabásico es cada vez más fluido. Nos reunimos con una amiga que lleva años en París y trabaja su doctorado aquí en estos días. Nos sentamos en una crepería a pocos pasos del im-pre-sio-nan-te Panthéon. Nos volvemos franceses durante hora y media al enfocarnos en sólo comer, hablar y lucir felices. Nos despedimos y decidimos caminar varios kilómetros para ir a la Torre Eiffel. Lluvia. Viento. Sol. Frío. Nubes. Llegamos. Im-pre-sio-nan-te. Tengo que encontrar otra palabra. Fotos, fotos, fotos. La p torre es todo lo que te prometen y más. Fila. Revisión de seguridad. Fila. Tickets. Fila. Otra revisión de seguridad. Fila. Elevador. Segundo nivel. Esta es la vista que hace que todo lo que se dice y escribe sobre París tenga sentido. París no es hermoso, es hermoso+sublime+mágico+misterioso y más desde aquí. Babeamos. Subimos hasta la punta (le sommet) pero las mallas de seguridad le quitan lo sexy a la vista y decidimos que lo mejor es el nivel anterior. Abandonamos el lugar extasiados. Fer me invita a usar el metro. Yo dudo porque es casi medianoche pero no pasa nada. Todo es seguro. Al menos en las zonas donde hemos estado. Unas chicas van mostrándose imágenes semi-pornográficas en sus celulares en el vagón que nos toca compartir mientras que el resto de los franceses que nos acompañan lucen los rostros de quienes se están transportando tranquilamente a las diez de la mañana y no a las doce de la noche. Llegamos a nuestra base en St. Ambroise y cenamos en el pub de la esquina de nuestro departamento. Ella ordena algo que no sabemos qué es (casi todos los lugares tienen el menú con “subtítulos” en inglés, pero este local parece mas interesado en darnos la experiencia parisina completa). Yo no me arriesgo y pido una cheeseburguer básicamente porque dice “cheeseburguer” en el listado de opciones. Dormimos. Despierto. Me posiciono con mi laptop en este balcón para escribir mientras veo un desfile interminable de gente a la moda pasar frente a mí. Escucho a mis vecinos hablar en francés en su balcón. Ya sabes, comiendo y luciendo felices.


Amo estas interacciones

Comenzamos en la estación de St. Ambroise. Avanzamos en una de las líneas verdes hasta Trocadéro donde hacemos conexión hacia Étoile. Salimos del subsuelo y lo primero que vemos es l’Arc de Triomphe. Majestuoso, como casi todo lo que construyen los franceses (en esta ciudad al menos). Rodeamos el monumento buscando la calle apropiada para cruzar. Nada. Puta madre. ¿Cómo llegan todos esos pinches turistas hasta allá? Fer entonces recuerda que leyó en la guía de Lonely Planet (los mejores seiscientos pesos que gasté para prepararme para este viaje) que el acceso es subterráneo. Dejamos de dar vueltas alrededor del arco como lobos hambrientos y nos metemos en un bonito túnel lleno de acentos argentinos, chinos, italianos, africanos y demás. Doce euros por adulto mayor de veinticinco años a cambio del placer de sufrir unas interminables escaleras para llegar a la parte alta se me hace injusto. Sí, pagué diecisiete en la Torre Eiffel, pero me subieron en elevador. Subimos. Veo —en un primer nivel— un minidocumental interesante sobre casi todo lo que no sabía del Arco del Triunfo y por qué es importante saberlo. Fer hace shopping. A mí esas tiendas me aburren. Mientras tanto la espero y me dedico a ver a la gente —mi pasatiempo favorito en estas coordenadas. Llegamos al fin a la azotea y vemos Champs-Élysées desde las alturas. Bien. Selfies, selfies, selfies. Bajamos y vemos parte del solemne ritual oficial diario de las seis treinta de la tarde en la tumba del soldado desconocido. Luego nos unimos a la coreografía de turistas y parisinos que caminan, compran, comen y hablan sin parar en una de las avenidas más famosas del mundo. Comemos en ese estilo francés de una mesita en la acera con las dos sillas viendo hacia la gente como si fueran una pantalla de cine. Hablamos de nada en particular. Caminamos. Nos metemos a algunas tiendas. No compramos. Campos Eliseos es amplía y llena de árboles, pero no sé, hay lugares mucho más bonitos en la ciudad. La fama es la fama. La recorrimos toda hasta la Plaza de la Concordia y ahí decidimos perdernos. La temperatura baja y nos invita a regresar al metro, en el que por cierto nos hemos hecho amigos de todos los policías porque los tickets que compramos simplemente no sirven. Fer les explica en español el problema, la oficial en turno hace una magia en la computadora de la estación y nos comenta en francés que ya resolvió todo y que ahora podemos pasar sin meter los boletitos. Amo estas interacciones.


Parisina poco a poco

Neo-primitivismo y cubofuturismo son los dos conceptos que aprendí ayer en el Centre Pompidou. Cada vez que me expongo al arte moderno me siento rebasado por mis kilómetros de ignorancia. No es falsa modestia, es en serio. Me abruman estas exposiciones tan propositivas que lo mismo mezclan ideas de canibalismo que ballet ruso junto a Picasso y una mesa estilo Apple pero hecha en los treintas. Hago mi mejor esfuerzo hasta llegar a lo que titulé “la gran mancha azul”, un cuadro de mi altura y dos veces eso a lo largo. ¿El sujeto? Adivinaste. Una gran mancha azul. Algo que – y peleo contra decir esto, pero no puedo evitarlo —mi hijo o yo o tú podríamos hacer. ¿Entonces? ¿Por qué está ahí? Resulta que la gran mancha azul fue hecha por un artista algo perturbado que desnudó a dos modelos, las pinto de azul y las hizo rodar violentamente por el lienzo. Me fascinó entender esto porque lo que entonces estamos admirando no es el simple resultado, sino el proceso. Tal vez de eso se trata todo el asunto en estas exposiciones. O en la vida. Abandonamos Pompidouworld. Caminamos entre gimnastas-acrobatas-bailarines callejeros (guapos, en el libro de Fer). La policía ha hecho un gran cordón de seguridad —y todo un lío de tráfico— para Emmanuel Macron (eso infiero) y todos nosotros los pinches turistas tenemos que rodear por Rue Rivoli varias calles para cruzar el río y llegar a Notre-Dame. Ahora sí entramos. Misa de las seis treinta de la tarde de domingo. ¿Así está bien el nivel de solemnidad? Prendemos unas velas (cuatro euros, por favor). Fotos. Videos. Admiración. Salimos. Navegamos en La Seine, disfruto mientras respondo unos mensajes en WhatsApp y grabo un video en timelapse. Mi lado rijoso quiere golpear al joven alemán inseguro que se cree muy malo a mi lado en la popa y que va escupiendo cada dos segundos mientras habla con su novia. Llegamos de nuevo a la Tour Eiffel. Hermoso. Regresamos al depa, Fer sentada en el metro con una baguette. Se va haciendo parísina poco a poco. Espero quiera regresar conmigo a México. También espero que no, pues al final aquí es lo que tiene que ser.


Fuck Cortázar

Hicimos otro recorrido por el río Sena. Creo que esta área de la ciudad por sí misma haría que el viaje valiera la pena aún si los monumentos y demás lugares geniales no existieran. Ver a los parisinos y turistas comiendo, corriendo, riendo, caminando, besando y saludando a la gente en los botes me hace entender que he entrado a la burbuja de la felicidad. Hoy decidí fijarme más en la gente que va en sus bicicletas a todos lados. Ejecutivos. Estudiantes. Artistas. Modelos. También veo que están de moda los single wheel electric scooters como transporte personal. Lucen muy cool por todos lados en París. El clima ha sido benigno en estos días, perfecto en realidad. La teoría de que las temperaturas determinan el desarrollo de las regiones del mundo cobra fuerza en mi mente. Es mediodía y hay quienes visten solo una playera, otros un suéter ligero, otros bufanda, otras un vestido y así. No ves gente sudando. No ves gente tiritando. Todos lucen a gusto. De camino al depa, entramos a una tienda de abarrotes, algo que he querido hacer desde el primer día. Se ven tan pintorescas exhibiendo sus frutas y verduras de forma ganadora en la calle. Estos locales se llaman “Alimentation Générale” lo cual me hace pensar en retar conceptos que pienso son los normales (“abarrotes”) a favor de descripciones más precisas (¿”alimentación general”, tal vez?). Escogemos quesos, pan, una cerveza y otras cosas en esa vena para una íntima cena parisina en nuestra penúltima noche en nuestra primera base francesa. Al pagar, pregunto al cajero si tiene cigarros. Estoy en París, caray. Y admiro a Julio Cortázar y a todos esos escritores de la época donde fumar era tan natural como hoy lo es revisar nuestro smartphone cada dos minutos. Me dice que no, pero me explica dónde conseguirlos. “Mira, ahí es”, señala Fer. Decido no comprarlos. Fuck Cortázar y todos esos escritores-fumadores. La imagen romántica que tengo de ellos es eso, una imagen romántica. Yo pertenezco a la generación de escritores-corredores estilo mi amigo Haruki. Salgo a las diez de la noche a correr cinco kilómetros alrededor de la Place de la Bastille. Hago un buen tiempo personal. Everything is in its right place.


¿Admiramos todo?

“Droit” me suena a “droide” pero activo mi mini-conocimiento de pronunciación francesa y me repito mentalmente que debe decirse algo así como “droa”. Estoy noventa y nueve por ciento seguro que significa “Derecho” en el sentido legal, pues me encuentro rodeado de libros gordos de jurisprudencia, filosofía y ética. Estoy en Gibert Joseph, una librería de cinco pisos en Saint Michel, a unos pasos de la Université Paris-Sorbonne. Me pierdo algunas horas aquí entre novelas griegas clásicas en su idioma original, Cincuenta Sombras de Grey en francés, títulos en español, inglés, árabe y demás. He decidido no comprar. Me siento un poco culpable al respecto, pero a) no quiero agregar peso a mi maleta y b) ordenaré en Amazon lo que llama mi atención. Antes de entrar aquí, pasé una hora en un McDonald’s cercano comiendo grasas + personas. Pedí una “royale with cheese” y confirmé que sí, que a Big Mac is a Big Mac, but they call it “Le Big Mac” y que in Paris, you can buy a beer at McDonald’s. No pude repetir estas líneas de Vincent Vega de Pulp Fiction en voz alta porque mi interacción fue totalmente computarizada (pantalla, menú, tarjeta de crédito, token con GPS interno, mesero entregando pedido en mi mesa, listo), pero bueno, viví parte de la experiencia. Por la tarde me reuní con Fer y tomamos la línea amarilla 1 para llegar a Paris La Défense, el distrito financiero con edificios modernos y un típico centro comercial de primer mundo. Ya soy el ninja-master-sensei en esto del shopping en la ciudad. Todas las bonitas cajeras francesas me sonríen, me hablan bonito, no entiendo nada, hacen un movimiento experto y de repente tienen mi tarjeta en la mano, sonríen todavía más, me entregan la bolsa y el curso de nuestras vidas llega a su bifurcación. Compro Salomon Running because France y me meto a la Apple Store sólo para hablar en inglés con alguien y dejar atrás un rato mi sentimiento de inferioridad comunicativa. A eso de las nueve llegamos a los palacios y jardines que rodean el Musée du Louvre. Lo que vemos no-tiene-madre. Pocos turistas. Genial. Pocas fotos. Nos sentamos y… no sé cómo decírtelo, ¿admiramos todo? El sol se oculta por ahí de las diez y media de la noche y nos hace testigos de un perfecto atardecer de verano europeo.


Lleno de joyas

Una de las capitales gay de Europa es Bruselas. Llegamos exactamente en el Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia. Se nota. Nos quedamos en el distrito de la Unión Europea y el concierto de la bandera azul con estrellitas amarillas junto a la del arcoiris en cada edificio y plaza es infinito. Tomamos un taxi de la Gare de Bruxelles-Midi Station Brussel-Zuid al departamento de Airbnb que rentamos en Rue D’Arlon. Nos encanta. Mejor que el de París. Descansamos, pues tuvimos que levantarnos temprano para llegar con tiempo a favor a la Paris Gare du Nord y poder romper el código de cómo movernos correctamente ahí. Jamás había viajado en tren. Me gustó. Esperaba – no sé por qué – más complejidad. Los europeos no se hacen la vida realmente difícil. Cada vez me caen mejor. En la noche pido un Uber Black y Atmani nos lleva a La Grand-Place De Bruxelles. Hermoso. Recorremos un poco y nos sentamos finalmente en T’Kelderke. Mientras cenamos —yo algo delicioso y recomendado llamado “stoemp” mixto y Fer una sopa de no sé qué— los cientos de turistas y locales emitimos un “ohh” colectivo al ver a un dron elevarse tan alto como las torres de uno de los increíbles palacios que nos rodean (edificios presumidos: todos tienen grabado al frente el año de construcción. El más joven que encontré apenas tenía poco más de trescientos años). De repente, la nave —que yo calculo en unos mil euros— se estrella fenomenalmente a unos cuarenta-cincuenta metros de altura, el impacto se escucha en alta definición y los golpes al desbaratarse entre campanas y balcones, bueno, aún los escucho en mi mente. El “ahh” se convierte en “ohh”. Si el piloto intentaba asombrarnos, lo consiguió. Reímos su tragedia, la usamos para comentar en la cena y luego nos vamos a pasear. Llegamos caminando a la Cathedral of St. Michael and St. Gudula. Preciosa. Nos sentamos. Contemplamos la arquitectura… y a la pareja de la banca de junto. Discuten como cuando te encanta perder el tiempo en pendejadas. Jugamos a interpretar lo que creemos que es el tema de su pelea. Paramos cuando ella comienza a llorar y él amenaza con irse. Mucho pinche drama. Saco mi iPhone y aprieto iconos para solucionar el problema: otro Uber Black. Ahora es turno de Nelu, rumano que habla francés, inglés, alemán y holandés. La mejor plática que hemos tenido con un taxista en estos días. Bruselas está lleno de joyas.


Brygge, Bruges, Brugge

Yes, you can pay in euro, me dice la conductora del autobús al ver mi cara de confusión (todos escaneaban una tarjetita para subir). Estamos en la estación de trenes de Brujas y queremos la trifecta de andar en tren + metro + autobús en Europa. Lo logramos. Llegando al “centrum”, la señora nos grita que aquí es donde comienza el asunto para nosotros dos, queridos turistas. Bajamos y comenzamos a caminar sin mucho rumbo —nuestro estilo— en uno de los lugares más idílicos del mundo. Es “temprano” (no tienes sangre mayoritariamente europea si abres tu negocio antes de las diez de la mañana y si lo cierras después de las seis), así que casi nada está abierto. Entramos a De Beurze y ordenamos un desayuno inglés delicioso. De hecho, el mejor que hemos tenido en estas latitudes (doce euros por persona, toda una ganga). Unos elegantes caballos pecherones con carruaje esperan clientes en la plaza principal de la ciudad. Decidimos andar en bicicleta. Dirigimos entonces los pasos a un local llamado “Eric Popelier”, donde Francis nos atiende amablemente en inglés y por veinte euros nos renta dos durante cuatro horas. Fer y yo estamos de acuerdo que ha sido la mejor rodada de nuestras vidas. El lugar es un p paraíso. El clima, la gente, los parques, los canales, su dialecto flamenco (una especie de holandés belga). Dios. Esta es mi parte favorita. No les importa ser un cotizado destino turístico: TODO está escrito en flamenco. Hablan inglés, entienden las señas, se esfuerzan en español y fluyen en francés, pero sus tiendas, señalizaciones, folletos, todo se muestra en esta divertida variante dialéctica. Pedaleamos muchos kilómetros, nos sentamos en varios parques, tomamos docenas de fotos y videos y juramos regresar con nuestros hijos a esta ciudad donde andar sobre dos ruedas no es que sea fácil, pero es casi una cuestión de honor. Volvemos a Mariastraat 26 a entregar las bicicletas. Infiero en mi “sabiduría” de idiomas que “straat” es “street” y me siento bien de ser uno con el flamenco u holandés o en lo que esté escrito la palabrita. Whatever. Comemos como buenos turistas. Disfruto una buena cerveza belga obscura cuyo nombre no ingresa a mi disco duro y seguimos caminando. Tomamos el autobús número dos. Está agendado que debe aparecer a las seis diecinueve en la iglesia donde estamos. Como magia, a las seis diecinueve está ahí. Seis euros. Estación de tren. Totalmente maravillados, dejamos atrás Brygge, Bruges, Brugge, Brujas o como se diga en el idioma que prefieras.


Choucroute royale

Me despido de Bruselas corriendo cinco kilómetros en el hermoso Parc du Cinquantenaire. Son las diez de la noche pero a los demás corredores y a mí no nos importa. Camino de regreso al departamento, escribo, me baño, duermo como bebé. Despertamos tarde al día siguiente y abandonamos Bélgica. Thalys tiene excelente señal de Wi-Fi. Trabajar en el tren de regreso de Bruselas a Paris es una delicia. Después de poco más de una hora de viaje, llegamos y nos metemos al Café du Nord frente a la estación del mismo nombre. Mi experiencia culinaria en París ha sido interesante, pero jamás vuelvo a ordenar “choucroute royale” (de acuerdo a la carta: corvejón, pechuga ahumada, salchichón con ajo, salchicha de Francfort, Montbéliard, patata al vapor). No tengo un paladar exquisito ni cosmopolita. No sé si incluso sometiéndolo a un entrenamiento intenso durante muchos años podré llegar al punto de disfrutar trozos hervidos de carne de diversos animales presentados en porciones groseras con una ensalada de col rara, muy rara. Me comí la papa, eso sí. Simplemente no pude. Me rendí y perdí el apetito. Cero dramas por los quince euros perdidos. Mucha risa. Tomamos nuestro primer taxi de la calle en París (puro Uber y metro hasta el momento) y llegamos a nuestra nueva base, un hotel en Montparnasse. París está lleno de tiendas y restaurantes a más no poder, pero este vecindario es como el epítome del asunto. Visitamos las Galeries Lafayette y caminamos por Rue de Rennes hasta cansarnos. Nos da hambre nuevamente. Un amigo con esposa francesa me envió un mensaje para darme el tip de su lugar favorito en esta zona donde comer pato y yo propongo la idea, pero Fer ama los patos (al parecer tiene una relación complicada con los otros animales que sí come) e insiste en comida hindú. Yo no estoy de humor, pero wtf, no puede irme peor que con el pedazo de caballo sin sabor que me sirvieron al mediodía. Encontramos “Himalaya”, restaurante con un interesante buffet de veinte euros por persona. Nos metemos. La atmósfera y la comida conspiran para una fastuosa cena. Satisfechos ahora sí, dirigimos nuestros pasos al Hotel Concorde Paris Gare Montparnasse caminando lado a lado de bonitas y sexy parejas parisinas listas para comenzar sus largas noches de diversión. Es medianoche. Un viento frío nos cala los huesos. Vamos de regreso.


Cualquier brasserie

No soy nostálgico. No extraño nada. Tal vez es frialdad personal que pudiera parecer una desventaja en términos emocionales, pero utilizo el asunto a mi favor. No pienso en este día como mi último en París. No trato de hacerlo especial. No veo ninguna razón válida por la cual no pudiese regresar cuando quisiera. Estar triste porque me voy sería drama de baja intensidad. Dicho esto, sin mucha ceremonia, Fer y yo nos vamos a hacer algunas compras. Pasa algo curioso. Compro un suéter en Jack Wolfskin, salgo de ahí y veinte minutos después, tonteando en otro local – GO Sport France – aparece un joven flaco, tímido pero sonriente. Sir, you…buy a blue jacket…you…pay too much…you have refund…. Al principio lo miro confundido. Pienso que es un empleado de la tienda donde estoy y que intenta pedirme que devuelva lo que compré porque ellos tienen algo parecido y más barato. Pero no. El chico trabaja en Jack Wolfskin. La gerente lo envió a buscarme entre miles de turistas y cientos de tiendas para decirme que se habían equivocado al cobrarme. Río. Le doy las gracias y le informo que claro, regresaré por mi reembolso en un rato. Resulta que tanto la parisina que me atendió como yo nos confundimos en una etiqueta. Me devuelven ochenta euros. Aprovechando el viaje —y maravillado por la atención, puta madre, sí voy a extrañar París— uso el dinero para comprar una mochila. Al fin dejamos de gastar y nos vamos a la cereza de esta etapa: Sacré-Cœur, Paris. Llegamos vía metro y al final nos trepamos a un coqueto funicular que funciona con los mismos boletos del transporte público. Genial. Yo en mi vena capitalista cobraría más, pero estos franceses sí cuidan el interés público al parecer. Bien. Dicen que es la mejor vista de París. Y sí. Es impresionante. Entramos a la basílica, majestuosa como es de suponer. Pregunto cómo subir al domo. Me señalan el camino y la máquina para comprar los boletos con mi tarjeta. El asunto de ascender es cansado pero nada sorpresivo – ya nos estamos acostumbrado a las escaleras pequeñas en todos los rincones de esta ciudad. Llegamos a la hermosa recompensa de una altura que lo domina todo. Escuchamos la algarabía parisina y extranjera muchos niveles abajo. Recuperamos el aliento y nos sentamos pensando en los jesuitas, franciscanos o los tipos de la orden que sea que construyeron esto. Los imagino platicando sobre Dios y el mundo en estas mismas bancas tan cerca del Señor. Tomo a Fer de la mano y bajamos. Nos vamos a cenar a cualquier brasserie. En todos nos han atendido genial en español, inglés y francés. Regresamos al hotel. Hacemos maletas. Cero dramas. Cero tristeza. Cero nostalgia. O tal vez sí. Permíteme unos miligramos de drama de baja intensidad. Caray, es París.