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Mis P Áreas de Oportunidad

En dos mil cuatro apliqué a una posición como consultor en Bain. Me llamaron enseguida, me hicieron una entrevista telefónica en inglés y luego me invitaron a sus oficinas en Ciudad de México. En esos tiempos no pensaba como pienso hoy, pero algunas características de mi personalidad actual se reflejaban ya. Eso de que alguien me diga

Nos vemos en (inserta ciudad)

siempre me ha encantado lejos de verlo como algo que me va a hacer perder dinero. Y todavía más cuando el asunto hacía aumentar mis posibilidades para obtener un buen empleo en una empresa internacional.

Sabemos que estás en Veracruz, pero nos gustaría que vinieras a la ciudad. Tendría que ser por tu cuenta. ¿Está bien para ti?

En Veracruz sólo vistes de traje si trabajas en Liverpool o es el día de tu graduación, así que compré uno y el boleto más barato de ADO para llegar a la capital. Contando mis centavos tomé un taxi para presentarme en punto en las oficinas de un edificio corporativo imponente. Imponente para mí, chico provinciano sin mundo.

La recepcionista me indicó que tenía que sentarme y esperar con los otros candidatos. Eso hice. Luego nos invitaron a pasar a una sala de juntas y nos informaron que haríamos un examen de matemáticas. Lo hice. Lo entregué. Me dieron las gracias con el universal luego te llamamos y dirigí mis pasos de nuevo a la estación de autobuses.

Me llamaron, sí. Y me dijeron que ahora les gustaría tomarse el tiempo para entrevistarme a profundidad. Más desembolso de dinero. Dinero que no tenía. No me importó. Ya desde entonces me gustaba aventurarme. Les aseguré que ahí estaría.

Primero me entrevistó un junior partner de la consultoría. Un tipo agradable en sus tempranos treintas.

Una empresa quiere comenzar a vender esferas para los arbolitos de Navidad en México. ¿Cómo determinas el tamaño del mercado?, preguntó en el estilo de aquel al que le hacen solicitudes así de exóticas todo el tiempo.

Respondí con el insight de un chico que quisiera expresar una opinión seria y profunda de geopolítica internacional a los dieciocho años sin haber salido jamás del país ni hablar inglés bien.

Podemos decir que hay cien millones de mexicanos —comencé— y que si tomamos un promedio de cinco personas por familia, eso nos da veinte millones de familias. Obviamente no todas las familias celebran la navidad, por lo cual podríamos decir que tal vez un noventa y cinco por ciento de ellas sí. A partir de eso, y con todas las demás ideas de este enfoque, debemos usar datos del INEGI. Pero vamos a suponer que de las familias que sí celebran la navidad, sólo el veinte por ciento tienen la economía suficiente para comprar un arbolito de navidad. Ahora bien, usualmente cuando compras un árbol de navidad compras las esferas y no las compras cada año. Así que tendríamos que determinar con qué frecuencia las familias que celebran la navidad y que pueden comprar arbolitos efectivamente compran esferas. Puede ser que lo hagan cada dos años. A partir de ahí, podemos tener una variable.

Palabras más, palabras menos, juro que eso fue lo que respondí.

Me pidió que lo pusiera en una ecuación algebraica.

Lo puse en una ecuación algebraica.

Mi respuesta al parecer le gustó porque me pidió esperar. Regresó con una sonrisa y me dijo que ahora hablaría con el partner de la firma. Me dijo un primer nombre común y un apellido de abolengo que no recuerdo. Yo le dije que claro, encantado.

Llegó mi turno con el socio principal. Su oficina, la vista de su oficina y su comportamiento en la oficina te decían el tipo de cosas importantes en las que andaba metido todo el tiempo.

El partner me puso a sudar con un problema de logística difícil. Extrañé las p esferitas. Al final la solución que ofrecí al problema de los trailers y contenedores que me puso no fue ni de mi agrado ni del de él. Pero al parecer lo dejó pasar. Verás, los chamacos que no pueden resolver problemas complejos pero que tienen cierta actitud y habilidades aún son rescatables. Yo entraba en la categoría.

Luego vino la pregunta que me mató.

¿Cuáles dirías que son tus áreas de oportunidad?

¿Mis áreas de oportunidad?, repetí yo en mi mente y en voz alta como un eco que languidece después de muchas montañas.

Repitió amablemente la pregunta. Yo lo vi con la ignorancia transparente de mis ojos de niño joven veinteañero que no tenía una p idea de lo que me estaba preguntando.

Admití que no sabía a qué se refería con eso de las áreas de oportunidad.

Me explicó.

Respondí cualquier tontería.

Y salí de ahí.

Días después recibí una llamada. Olvidé contarte que para la entrevista final sólo nos habían citado a dos candidatos. Yo y otro chico de ingeniería eléctrica egresado del Instituto Politécnico Nacional. Me dieron las gracias y me tuve que conformar con la experiencia de haber conocido un poco mejor la Ciudad de México.

Jamás trabajé en Bain.

A partir de ahí, cada vez que escucho la expresión “áreas de oportunidad” tuerzo una sonrisa por mi incapacidad de hablar el idioma que tenía que hablar en aquel momento para ser un consultor internacional de una firma prestigiada como Bain & Company.

No merecía ese trabajo. No hablaba el idioma. Ahora lo entiendo.

Y aquí viene el asunto. Hablamos muchos idiomas. Pero en ocasiones no cuidamos en cuáles ponemos más esfuerzo.

Un idioma no es otra cosa que un protocolo acordado para comunicarte con otra entidad. La mayoría de las personas piensan en un idioma como algo que hay que aprender para comunicarse con gente de otros países. Por un tiempo pensé lo mismo. Pero la verdad es que para comunicarte con una efectividad del ochenta por ciento en casi cualquier país del mundo —que valga la pena sufrir por estar ahí— el inglés te sobra y basta. No quiero ser odioso y decirte que tu alemán, portugués, francés, japonés, chino y ruso no importan. Claro que importan. Pero no son las únicas posibilidades interesantes de idiomas para aprender.

Yo hablo negocios.

Hablo alto desempeño.

Hablo literatura.

Tecnología. Viajes. Política. Pesca. Sociedad. Recursos humanos. Diplomacia. Lenguaje corporal. Marketing. Diseño. Familia. Psicología. Fotografía. Atletismo.

Hablo todos esos idiomas con su terminología específica y sus inflexiones peculiares.

También hablo el idioma de “la raza”, “vaya pachi”, “qué pedo güey”, “vamos a pistear”, “saca las caguamas”, “esa morra”.

Hablo el idioma de los tipos adolescentes, de los de veinte y de los de treinta años.

Hablo el idioma de los universitarios. De los exitosos y de los frustrados.

Hablo el idioma de los emprendedores. De los que están empezando y de los que ya están consagrados.

Sé que hablo bien muchos de esos idiomas porque tengo amigos en cada una de esas áreas. Comunicarte bien se comprueba cuando te reciben bien.

Comunicarte bien se comprueba cuando te reciben bien.
—Aaron Benitez 

Idiomas que aún no hablo: el de la música, el del Snapchat.

Idiomas que jamás hablaré: el de las mujeres embarazadas, el de los marcianos.

¿Qué idiomas hablas? ¿En qué posición estratégica superior te ponen? Busca que los idiomas que hables te coloquen siempre en una posición estratégica superior.

Si vas a una entrevista de trabajo, aprende el idioma de la industria y la empresa a las que intentas acceder.

Entre más idiomas hables, más oportunidades tendrás.

Mejor será tu vida.

Los idiomas —los de los países y los de las acciones— no son aburridos conjuntos de reglas y palabritas reservadas para darte dolores de cabeza. Son parte de tu caja de herramientas cognitiva para solucionar lo que sea que se te ponga enfrente.

Lo que tú conoces como internet es posible gracias a un protocolo llamado TCP/IP. Ese conjunto de instrucciones no es ni el único ni el mejor. Es el más usado. Es todo.

Métete a esa carretera. La más transitada. Domínala. Y luego usas otros senderos. Tus senderos.

Habla inglés. Y háblalo muy bien. El inglés es el TCP/IP de los idiomas. Es genuinamente universal. Si hablas negocios y hablas inglés, genial. Si hablas psicología y hablas inglés genial. Puedes hackear tu necesidad de querer expresarte en negocios en francés para atender a un francés o de negocios en alemán para atender a un alemán y simplemente aprender inglés y hablarles a ellos – y a todos – de negocios en inglés.

Tranquila. Tranquilo. No estoy diciendo que hablar alemán, chino, portugués, ruso, japonés o francés sea una pérdida de tiempo. Para nada. Hay algo muy sensual y artístico en los políglotas. Sé artístico y sensual. Sé políglota.

Pero que no te pase lo que a mí, que no tenía en mi caja de herramientas el idioma necesario para operar eficientemente en el entorno de alto nivel en el que quería insertarme.

¿Qué idiomas hablas?

¿Qué idiomas hablarás?