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Jamás Me Titulé

Eran las nueve de la noche. El maestro dijo mi nombre. Caminé a su escritorio. Vi mi calificación. Asentí.

Abandoné el salón.

Luego recorrí todo el campus, pensando que por fin había terminado esa pesadilla personal, esa cruz muy mía que en los últimos semestres había insistido en colgar sobre mis hombros.

Fue la noche donde recibí la calificación de mi última materia universitaria.

Las peores condenas son las mentales autoimpuestas y yo me sentí como seguramente un preso se siente al salir de la cárcel después de una larga estancia. De manera muy tonta y típica, yo había decidido condenarme mentalmente durante los últimos tres años de la universidad. Me insistía a mí mismo que terminar la carrera era una de esas cosas importantes en la vida. Sentía que “debía terminar” mi carrera para “tener oportunidades”. Me decía a mí mismo todo el tiempo que si no lo hacía “sería un fracaso”.

Nunca antes había fracasado.

Siempre había sido el niño modelo. Siempre había sido el ejemplo en la familia, en el vecindario, con mis amigos.

Siempre. Hasta que se apoderaron de mí los años de la experiencia universitaria. En apariencia fui descuidado. En realidad absorbí lo que tenía que absorber. Me lancé a vicios como el alcohol, el sexo, los cigarros y el drama. Pasé por todos ellos con el candor y disciplina de un joven que cree que ya no es un niño pero que no se comporta ni tiene el criterio de un verdadero adulto.

Durante la universidad hice cosas muy buenas también. Ciertas partes estratégicas de mi personalidad actual comenzaron a aflorar ahí. Me puse al frente de proyectos, conocí mucha gente, aprendí a ser un —pésimo— líder y a ser necio para conseguir lo que quería. Era simplemente que las materias de una carrera llamada ingeniería electrónica no me volvían loco. De hecho, representaban para mí una distracción al margen de la vorágine de cosas más emocionantes en las que podía ocupar mi atención.

Mis amigos egresaban a ritmo normal. Cada vez me topaba menos con ellos en los pasillos. Mi retraso académico por fracasar en una y otra materia era un círculo vicioso que me mantenía “atrasado”. Nada de ello contribuía a mejorar mis intenciones de terminar con todo este asunto de aprobar exámenes y cumplir los requisitos para salir del hoyo psicológico en que me había metido yo mismo.

La verdadera “carrera” no ocurre en la universidad. Sucede cuando todo el mundo comienza a egresar. Es imposible no compararse unos con otros. Que tu amigo ya gana un sueldo ridículamente alto a tres meses de haber egresado. Que tu otro amigo anda en capacitación en un país exótico. Que tu otro amigo no sabe si decidirse por las mieles de una startup exótica o por la seguridad de una megaempresa petrolera. Que a otro par de ellos los aceptaron para un posgrado en una institución de prestigio. ¿Y yo? Yo aún no termino mis materias. Gracias. Yo doy clases de inglés. Gracias. Yo sigo siendo pobre.

Y lo peor, soy pobre y pienso que soy un tonto sin futuro.

Mi autoestima en esa etapa universitaria final era prácticamente inexistente. Lo único que logró mantenerme a flote fue el hecho de haber estado al frente de grandes proyectos en la universidad.

La receta perfecta para estar frustrado crónicamente es hacer lo que todo el mundo te dice que tienes que hacer sin retar esas órdenes en ningún momento.

La receta perfecta para estar frustrado crónicamente es hacer lo que todo el mundo te dice que tienes que hacer sin retar esas órdenes en ningún momento.—Aaron Benitez

Agrega a eso mis relaciones simultáneas con una novia, dos semi-novias y amantes a las que no dejé ni me dejaron algo trascendental. Drama intenso.

Yo fui la suma de todo ello en algún punto de mi vida.

Así que comprenderás que al terminar mis materias lo que menos quería era seguir atado a las redes que jodían a mi alma. No era culpa de la universidad. No era culpa de los maestros. Tampoco era culpa del sistema.

  • Cuando uno insiste en estar en un lugar donde uno no debe de estar, sentirse mal siempre será culpa de uno.
  • Cuando uno insiste en estar con personas con las que uno no debe de estar, sentirse mal siempre será culpa de uno.
  • Cuando uno insiste en estar en situaciones en las que uno no debe de estar, sentirse mal siempre será culpa de uno.

Esa noche —la de mi última materia— caminé por todo el campus en una especie de ritual dramático muy personal. Intentaba sentir que había logrado llegar a un punto importante de mi vida, que había logrado algo, que había roto algún tipo de cadena.

En realidad las cosas no habían cambiado. La verdad es que seguía siendo pobre, seguía sintiéndome tonto y seguía sin estar titulado.

¿Has visto a los tipos que comentan sobre fútbol y otros deportes en los canales deportivos especializados? Quita todo el volumen. Míralos en sus trajes y con sus caras serias, haciendo gestos y moviendo las manos. Obsérvalos. Parece que están hablando de cosas importantes. Parece que están analizando algo trascendental para la humanidad cuando en realidad están hablando del último puto partido de fútbol entre dos equipos sin mayor gloria. La forma en que se expresan, la “pasión” con la que se meten a discutir la alineación, el “análisis” serio que hacen del encuentro, caray, toda esa coreografía de modos te obliga a pensar que lo que te están diciendo es importante. Importantísimo.

Y no lo es. Es una ilusión.

Así ocurrió en aquellos años al finalizar la universidad. Mucha gente me decía que estar titulado era prácticamente lo más importante del mundo. Que si no estaba titulado sería prácticamente un vagabundo. Que si no me titulaba mi vida valdría dos centavos y que no sería una persona de bien en la sociedad.

Pobreza. Desprestigio. Irrelevancia. Todos esos conceptos estaban atados al asunto de no estar titulado, de no tener un papel diciéndome que yo era una persona que valía la pena. Un papel que le dijera al mundo a través de una foto, algo de texto, sellos aburridos y unas firmas ilegibles que yo era una persona que valía la pena para esta sociedad.

Así que ante la presión del mundo —y por hacer caso a las personas que hablaban de la importancia de los títulos al estilo de gestos importantes de los comentaristas deportivos de ESPN— me volví a meter a ese mundo académico de ilusiones. Mi asesor me enroló en un tema de láseres y optoelectrónica. Aprendí más sobre ángulos complejos y materiales semiconductores de lo que habría deseado en cualquier punto de mi vida. Hice un buen avance del trabajo y luego —en el formato típico del chamaco veinteañero desenfocado que era yo— seguí haciendo tonterías con la novia, las semi-novias y las amantes de las que ya te platiqué. Entre pasar tiempo con ellas o dedicarme a mi trabajo de titulación, puedes adivinar en donde puse mi atención.

Con toda justicia mi asesor se aburrió de mí y dejó de ponerme atención.

Y como yo quería una excusa para abandonar todo este asunto, tiré el trabajo que ya llevaba hecho.

Jamás me titulé.

Este relato no tiene como finalidad promover el bajo desempeño académico. Fui flojo y desenfocado en algunos aspectos pero fui eficiente y movido en otros. Digamos que mi disciplina personal no me alcanzó para ser genial en todo. Ahora lo sé. Y no aconsejo a ningún estudiante universitario que copie mi receta ni que piense que tener un mal registro académico es algo positivo y que con el tiempo las cosas se solucionarán mágicamente. El frío número de mi promedio final —ochenta y cinco sobre cien— no cuenta toda la historia verdadera.

Verás. Yo no era tonto. Siempre he leído mucho. Mi lógica es muy buena. Siempre me he adentrado en las cosas que me interesan. Me gustan las matemáticas. Me gusta la física. Me gusta la programación. Aprendí y desarrollé muchas soft skills durante mi experiencia universitaria. Me puse al frente. Fui líder en mi generación. Mi reputación jamás fue la de un alumno brillante pero ciertamente tampoco fue la de un chico estúpido.

La idea de estudiar la universidad es generarnos oportunidades de alto nivel socioeconómico en el futuro. El obtener un título académico resulta importante como un filtro para empresas de la vieja guardia que aún promueven procedimientos que las mejores corporaciones del mundo ya no toman en cuenta. Una moderna empresa de tecnología al frente del Dow Jones no consigue talento basándose en promedios escolares ni le importa un carajo si la gente está titulada o no. Una vieja empresa de gobierno sí. Dime honestamente, ¿en cuál de esas dos empresas crees que la vida se goza mejor? ¿cuál representa mejor el tipo de futuro que nos conviene más? Estar titulado es la validación que un grupo de guardianes académicos te dan o te niegan con base en que hayas seguido exactamente los pasos impuestos. Repito: estar titulado no está mal, ni es algo que debamos evitar. Pero es un camino. Es un camino de muchos. Y #hackearlavida consiste en eso, en saber encontrar la vuelta a las cosas a través de caminos poco explorados.

Estar titulado es la validación que un grupo de guardianes académicos te dan o te niegan con base en que hayas seguido exactamente los pasos impuestos. Repito: estar titulado no está mal, ni es algo que debamos evitar. Pero es un camino. Es un camino de muchos. Y #hackearlavida consiste en eso, en saber encontrar la vuelta a las cosas a través de caminos poco explorados.—Aaron Benitez

Así que decidí que jamás me iba a titular ni a estar a merced de esa vieja guardia que me tiene que dar firmas para validarme como alguien que vale la pena.

Te decía algo sobre la hermosa idea de estudiar la universidad:

  • Es para darnos oportunidades.
  • Esas oportunidades son para darnos recursos.
  • Esos recursos son para darnos plenitud.
  • Esa plenitud es para darnos felicidad.

Si el punto más elevado de todo eso de estudiar la universidad es ser útiles a la sociedad y a la vez lograr nuestra plenitud y felicidad personal, bueno, yo me siento bastante útil con lo que mis socios, colaboradores y clientes en Waterhouse y VERSE Technology estamos generando a la sociedad. Y me siento también muy bien con los recursos que me voy generando para estar involucrando en las cosas que me hacen sentir pleno y feliz.

Hace algunos años me topé con un profesor y viejo amigo mío. Me saludó campechanamente y enseguida usó la pregunta que funciona como nuestra broma particular: Aaron, ¿cuándo te vas a titular?.

Por primera vez en muchos años cambié mi respuesta. En lugar de responder con la típica vergüenza que solía sentir y decirle luego voy, ingeniero en tono de disculpa, le dije

Ingeniero, estoy ocupado construyendo cosas, generando millones y usted quiere que yo vaya allá a recolectar firmas y dar vueltas.

No se lo quise decir, pero mi verdadera intención era responder que estoy ocupado tratando de hacer cosas fantásticas, que estoy interesado en tener una vida fantástica, y que regresar al punto de necesitar la validación de otras personas resulta para mí, en este momento, un enorme retroceso emocional, intelectual, profesional.

No podría hacerlo. No quiero hacerlo.

Te cuento todo esto no con la finalidad de que abandones tu tesis.

Te cuento todo esto no con la finalidad de aplaudir el desenfoque personal que solemos tener en ese instante de la vida.

Te cuento todo esto para compartir contigo el simple hecho de que somos lo que nos proponemos ser y no lo que el título académico colgado en una pared indique. Para ser fantástico lo puedes ser con un doctorado o sin él. Para ser relevante puedes ir a la universidad o no. Para ser alguien a imitar lo puedes ser con o sin el aval de tus maestros.

Nadie tiene el poder de hacerte sentir tonto. Es uno quien decide abrazar esa idea.

Suéltala.

Te cuento todo esto para compartir contigo el simple hecho de que somos lo que nos proponemos ser y no lo que el título académico colgado en una pared indique. Para ser fantástico lo puedes ser con un doctorado o sin él. Para ser relevante puedes ir a la universidad o no. Para ser alguien a imitar lo puedes ser con o sin el aval de tus maestros. Nadie tiene el poder de hacerte sentir tonto. Es uno quien decide abrazar esa idea. Suéltala.—Aaron Benitez

Nadie tiene en realidad el poder de disminuir nuestras posibilidades. Nosotros decidimos pensar que la calificación de una materia, que el resultado de un examen, que la obtención de un título son factores relevantes en nuestras vidas, cuando en realidad no lo son.

No hay mucha diferencia entre aquel que se muerde las uñas por el resultado de un partido de fútbol y aquel que siente nervios por el resultado de un examen escolar. Ambas cosas están cargadas de importancia artificial. Oh sí, la maldita importancia artificial. Nuestro cerebro ha aceptado que muchas cosas son importantes sólo porque así lo han programado por años. Pero son ilusiones. Eres más que un examen. Eres más que el resultado de tu equipo de fútbol. Eres más que lo que en casa esperan de ti. Eres más que lo que tus maestros te digan u opinen de ti.

Eres muchas cosas que quieren explotar.

Y luego inspira a otros.

Te leeremos con gusto y no nos preguntaremos si estás titulado o no.

Porque aquí vemos el largo plazo y sabemos que todo ese asunto de la validación de la vieja guardia no es importante en realidad.

Lo importante es tu obra.

Eres tú.