IT DOESN’T REALLY MATTER

I

Sobre Trump y el ruido del mundo.

“Transfer completed” . Abrí de inmediato el archivo. La imagen de una chica rubia, joven y atractiva llenó mi monitor. Sonreí. Me emocioné. Acto seguido, comencé a platicar de geopolítica internacional con ella y mi desaprobación sobre la alevosa invasión de Estados Unidos a Irak atacando al pobre Saddam Hussein al que durante mucho tiempo consideraron su amigo. “There are pictures of your Secretary of Defense shaking hands with Saddam. You guys supported him a lot and even gave him guns and whatnot”, le expliqué a Kimberly (no recuerdo el nombre de mi noviecita virtual de ese día, pero supongamos que era algo así, típico norteamericano). Ella me explicó que no sabía nada de eso. Luego seguimos coqueteando al nivel más alto en IRC (una especie de protócolo de chat, padre del tiempo real que WhatsApp nos ofrece hoy). El nivel más alto en este ciberromance era enviarnos arte ASCII con besos, guiños y probablemente figuras sugestivas. Listo. Terminamos la sesión, abandoné el cibercafé y yo entendí que los norteamericanos vivían engañados por sus medios de comunicación que no les decían la verdad de las guerras que peleaban ni de la malvada estrategia que desarrollaban para su dominio global sin importar a cuáles países iban a arrastrar en su camino.

Era yo muy joven y altamente influenciable como sólo se es cuando tu criterio está en plena formación pero no te has enterado que aún eres bastante estúpidito. That was me: el tipo pro-liberal, anti-establishment, izquierdista extremo, fan del Che y el sub-comandante, crítico total de la Fed, los Illuminati y cualquiera de esos grupos empeñados en dominar el mundo.

Cuando no dominamos el mundo, vemos muy mal que alguien más sí. Y por eso lo atacamos. Y dado que México es un país que compró un boleto barato muy alejado de la zona VIP del escenario que importa, detestamos a todos los que dominan el mundo porque ellos están ahí y nosotros no.

Imposible no tener esta relación amor-odio con Estados Unidos, país como el que quisieramos ser pero que vivimos criticando porque es más fácil eso que admitir nuestra frustración.

Hablemos de esa crónica frustración artificial que nos encanta promover para seguir viviendo con nuestro complejo de víctimas.

Hablemos de Donald Trump.

Lee esto con la voz de Keifer Sutherland en “24”:

THE FOLLOWING IS BASED ON ACTUAL EVENTS.
Lo siguiente está basado en hechos reales.

READER DISCRETION IS ADVISED.
Se recomienda discreción* por parte del lector.

*Discreción: prudencia y sensatez para formar un juicio y tacto para hablar u obrar.

* * *

El candidato perfecto.

Tiempo después de abandonar los cibernoviazgos porque ahora sí ya había conseguido tener sexo como los humanos normales, comencé a escuchar más y más sobre Vicente Fox, un tipo que proclamaba su profundo amor por México y su igual profundo odio por el partido gobernante. Era tan sólo justo que votaramos por él para hacerlo nuestro presidente.

Exactamente eso hice en el año dos mil, la última (y única) ocasión en que participé en una elección.

Era imposible no estar fascinando con Vicente Fox. Hablaba con groserías. Decía las cosas que todos pensábamos. Era alto, campechano, sonriente e imponente.

Hacía promesas perfectas a cada grupo social.

En mi caso, mi entusiasmo vino de la mano de su propuesta de inyectar todos los recursos generados por PEMEX directamente al presupuesto de ciencia y tecnología de la nación. Fantástico. Yo era un estudiante entrante en el mundo de la ingeniería electrónica y tenía en mi visión ser investigador, experto en alguno de esos temas complejos que los ingenieros abordan.

(Dios, tú y yo sabemos que al final las cosas ocurrieron de forma muy diferente y jamás logré trabajar para la NASA. Pero siendo totalmente honesto aquí, eso no fue culpa de ningún Presidente, ni mexicano ni extranjero).

Cuando eres elegido por una amplia y cómoda mayoría, tienes lo que en política se denomina “bono democrático”, que es una especie de permiso para implementar sin mucho problema tus ideas como gobernante en el inicio de tu gestión.

Los estadistas —que son como políticos premium enfocados en el largo plazo— han usado sus bonos democráticos para impulsar grandes reformas, declarar guerras necesarias y en general, para cambiar la historia.

Fox destruyó el suyo en pocos meses y jamás logró algo remarcable en su gobierno fuera de superar cada uno de sus tropiezos anteriores con honores. Era un jardinero al que todos los problemas le crecieron —como lo describió Raymundo Riva Palacios en su columna en El Universal.

Vicente Fox fue un candidato perfecto.

Pero el trabajo para el que lo contratamos lo hizo todo mal.

¿Es posible que haya malos candidatos que puedan ser buenos gobernantes?

¿Hemos aprendido la lección mexicana de que promesas de campaña son una cosa y acciones al frente del país otra?

¿Podemos invertir nuestro pensamiento —sólo por el gracioso ejercicio de pensar de otra manera— y considerar que lo que Trump dijo y prometió en campaña podría no ser lo que va a ejecutar al frente del gobierno más poderoso del mundo? ¿Es posible que lo haya dicho para ganar como una mera estrategia?

Son preguntas. Sigamos.

* * *

Afición polarizante.

Recuerdo un partido de campeonato entre el América y el Cruz Azul a finales de los ochenta. Cada gol de “mi equipo” (el América) me hacía brincar del sofá, gritar y estallar en lágrimas. Marcaba el teléfono de un primo para celebrar ese momento glorioso.

Tenía nueve años. Y gracias a Dios un día escapé de esa edad mental.

Pero así nos ocurre todo el tiempo, que cuando nos convertirnos en aficionados extremos de algo nos polarizamos gratuitamente sólo en ese punto y llegamos a creer de corazón que todo lo demás está mal.

El niño de nueve años dentro de mí jamás pensó en aquel Cruz Azul que había jugado bien y que mi equipo había sido favorecido por el árbitro. No. Para nada. Mi equipo favorito había ganado y eso era lo único que importaba. Cualquier otra opción estaba mal y por muy buen razonamiento que hubiese de por medio, no aceptaría un resultado en contra.

Eso de ser aficionado extremo que se polariza gratuitamente en estos vaivenes orquestados en las alturas (permíteme un poco de conspiración en memoria de mi eufórico yo juvenil) ocurre en cuestiones electorales también. Si eres “demócrata” o “izquierdista” todo lo “republicano” o “derechista” te parece mal. ¿Por qué?

Porque es infinitamente más fácil rechazar que analizar.

Es más fácil atacar que subir de nivel y comprender mejor desde una posición superior.

En mi nivel de micro-fama, ocurre que lectores altamente enganchados con mi contenido destruyen los comentarios negativos de lectores críticos. No estoy en contra de eso (se siente bien que te defiendan) pero considero que tomar todo de forma positiva sólo porque ha sido emitido por alguien que nos gusta es peligroso. Tal es la receta de actitud para —regresamos a la palabrita— polarizarnos fácilmente.

Las personas más trascendentales de la humanidad han sido las que menos se polarizan.

Seamos trascendentales. Dejemos de sufrir por la derrota de nuestro equipo. Dejemos de llorar con la victoria de Obama (¿qué tanto cambió directamente tu vida? ¿recuerdas lo emotivo que te pusiste?). Dejemos de llorar con la victoria de Trump.

Mucha gente tiene miedo. Pero creo que es por esto:

* * *

Cuando tu fuente es “El Universal”.

La Jornada o Reforma o un blog de un chico en Perú que jamás ha salido de ahí y que se dedica a medio transcribir lo que entendió del blog de otro tipo igual de desorientado que él y que tradujo lo poco que entendió del sitio web de CNN en inglés. Sólo el dos por ciento de mexicanos hablan otro idioma. Y eso ni siquiera significa que ese otro idioma sea inglés. Maya, nahuatl y demás en esa vena califican como idiomas. Está bien. Pero para conversar en tiempo real con las esferas más altas del mundo, tu certificación en nahuatl y maya, por muy hermosas y tradicionales que sean estas lenguas de nuestro país, no sirven. Punto.

Tenemos entonces a millones de mexicanos sufriendo por cosas que alguien más (un reportero no muy culto, un analista con agenda propia, un tipo que no tiene un dominio muy alto del inglés) está insistiendo que son terribles, que son malas. Incluso en este día y hora, muy poca gente va a la fuente de las cosas. Se puede fácilmente para eso está internet pero casi nadie lo hace. Entonces comemos lo que ha sido masticado por cincuenta personas antes. Digerimos lo que alguien más nos ofreció en lugar de cazarlo nosotros mismos. ¿Sabes algo de la prensa? He sido entrevistado en varias ocasiones para medios importantes y jamás han confirmado la información que les doy. Supongo que hay reporteros y publicaciones que lo hacen, pero podría apostar que son los menos. Y que lo hacen sólo en ocasiones exclusivas.

Habla inglés. Ve las entrevistas. Lee las notas lo más directamente posible a la fuente. Cuando opinas de las mismas cosas con las mismas frases que todos los demás, eso es prueba fehaciente de que no estás analizando bien. “El muro”, “el muro”, “el muro” repiten todos los mexicanos. Tú tranquila. Tranquilo.

No estoy disculpando a Trump y las tonterías que ha dicho.

No estoy diciendo que todo va a estar bien.

No vivo en una burbuja de la felicidad donde creo que todo vaya a ser perfecto.

No soy “republicano”.

“Aaron, yo sí hablo inglés y he escuchado y leído todo directamente de la fuente”. Genial.

“Pero aún así tengo mucho miedo”.

Entonces estás dejando que tu sistema reactivo tome el control.

Toma altura. Sé objetivo. Analiza. Ve las cosas desde la perspectiva que los que están en el área VIP tienen.

Si Obama salió a darle la mano a Trump, si tu candidata Hillary concedió la victoria y pidió apertura mental para apoyar al nuevo presidente de Estados Unidos, ¿quién eres tú, quién soy yo para hacer lo contrario?

A veces somos peones que no hablan inglés.

A veces somos peones bilingües.

Lo importante no es tanto el idioma sino dejar de ser peones en nuestras decisiones.

* * *

La supremacía negra.

Imagina a un gringo blanco sin educación universitaria acostumbrado a trabajar duro en una fábrica o en el campo y que tiene muy claro cómo funcionan las cosas de la vida. Ese tipo de repente ve que el nuevo presidente es un joven afroamericano del que se rumora que es musulmán, que no nació en el país y que es parte de una conspiración para desaparecer a la raza a la que perteneces.

Ese pobre hombre tiene miedo.

Y en su perspectiva —y la de muchos que lo rodean— es un miedo válido, creíble, lógico, innegable. Hay mucha “información” al respecto de todo lo malo que les espera. Hay muchas personas que “dicen” esto y aquello. No pueden confiar, no quieren creer, desean atacar al joven abogado y brillante orador llamado Barack Obama.

Esto ocurrió hace ocho años.

Ahora los papeles se invirtieron.

Los latinos, los afroamericanos, los progresistas, los políticos, todos los que no se sienten cómodos con Trump experimentan la frustración y coraje que los anti-Obama vivieron en su momento.

Te repito que este ensayo no es una apología de Donald Trump. No intento decirte que es un buen tipo. Intento decirte que cuando lo comparas con Hitler estás haciendo la misma ridiculez que aquellos que comparaban a Obama con el Anti-Cristo.

La clase pobre es pobre porque piensa y se comporta pobremente.

¿Hay riesgos con Trump? Claro. Por eso

* * *

Saca tu visa.

Muchas cosas van a cambiar. Como la cuestión migratoria. No es que conseguir el acceso a los Estados Unidos de América fuera ciertamente un asunto fácil antes, pero ahora no será más sencillo.

Es sentido común que los republicanos votarán por algunas cosas y es falta de capacidad de análisis espantarnos por un muro que —realmente— tiene toda la justificación del mundo cuando millones de ilegales entran sin avisar a tu casa.

Si tienes los papeles legales para pasar a otro país, pasa. Viaja. Ve a él. Y si no, ¿por qué te quejas de un muro que quiere contener a la gente que no ha sido aprobada por un país que no es el tuyo? Si tienes los papeles legales, vas a pasar y punto. Si no, por principios de cuenta está mal que lo intentes. No te ofendas tontamente.

Intento decir que en lugar de enfocarnos en crear condiciones geniales aquí para que menos gente se quiera fugar de México, preferimos indignarnos porque no vamos a poder contratar fácilmente polleros que nos introduzcan al desierto o nos dejen a medio nado en el Río Bravo.

Las historias de la lucha por la libertad y la caída de los muros son narraciones románticas que suenan bonitas y demás. Pero los muros comienzan en casa y dime si no quieres estar protegido.

No estoy diciendo que estoy a favor del famoso muro que propuso Donald Trump.

Estoy diciendo que construir un muro no es cerrar una frontera. Si tienes tus papeles y vas en buena lid, vas a poder pasar al otro lado. Y si no, bueno, eso es lo que ellos quieren endurecer: que sea más difícil para ti y para mí huir de aquí.

Relájate. Yo sé que esta no es una propuesta popular porque todos los mexicanos tenemos familiares de aquel lado que han obtenido grandes oportunidades y que tuvieron que pasar de ilegales y demás. No tengo nada en contra de celebrar ese éxito, pero sí ataco que no tengamos tristeza porque hacemos que la gente se vaya en lugar de crear condiciones fantásticas en donde estamos. Construyamos condiciones fantásticas aquí.

No está mal ir a otros lados a intentar otras cosas.

Sí está mal no creérnosla y abandonar un lugar que da para mucho más.

* * *

Ya sé que Donald Trump te cae mal.

Tal vez Kimberly no era Kimberly sino Kevin, un viejo enfermo, gordo, calvo y depravado. Pero a veces tienes que establecer ciertas creencias artificiales para poder continuar operando felizmente.

Trump es malo, es racista, va a construir un muro, está en contra de la libertad, es misógino, machista, grosero y deshonesto.

Maybe.

Pero como te decía, tal vez Kimberly no era Kimberly y sin embargo tuve que establecer una fantasía para así poder seguir funcionando.

Si el día de hoy siguiera creyendo que hay muchas Kimberly sexy esperando a enviarme sus fotos porque están aburridas frente a su computadora, bueno, seguiría teniendo una edad mental muy tonta y no podría haber formado una linda familia.

Date permiso de no seguir enjuiciando a la gente que te cae mal por una acción (o varias) que hayan cometido tontamente. Esto es extremadamente complicado. Me ha pasado que amigos, socios, colaboradores y familiares han actuado de un modo que no fue favorable para mis estándares o apuestas y a partir de ahí les coloqué una etiqueta y para el resto de sus vidas voy a pensar en ellos de esa cierta manera. Esto es triste porque tal vez tienen mucho que aportar, tal vez han cambiado, tal vez ahora las cosas puedan ser diferentes, pero no lo sabré si no me abro mentalmente a explorar ese patio de juegos y ver si está en las mismas viejas condiciones o en nuevas.

A lo que voy con todo esto es que cuando estableces dictatorialmente que alguien te cae mal, pierdes la oportunidad de interactuar con “eso” de aquella persona que podría caerte bien.

Si Donald Trump te cae mal y eso es todo lo que guía tu análisis, no estás haciendo análisis. Estás haciendo berrinche.

Para la hermosa gente visceral que está leyendo esto y quiere pedir mi juicio político por “defender” a Donald Trump y estar “en contra de los mexicanos”, relájate. No puedo estar realmente a favor de los mexicanos si actúo como todos los mexicanos porque entonces nos vamos a quedar en el mismo punto. Estar a favor de algo es empujarlo hacia adelante. Para eso necesitas tomar una posición diferente. El que empuja y el que es empujado no están en el mismo punto, por definición.

* * *

Billions.

A mí me gustó el discurso que dio Donald Trump a las tres de la mañana para anunciar su victoria. Lució, se comportó y habló de forma presidencial. ¿Es un truco? ¿Es para engañar? Puede ser. Pero te repito lo mismo: ¿qué tal si le damos la misma oportunidad democrática mental de considerar que el truco fue decir lo que dijo en campaña? No entiendo por qué —si ya era el ganador— Trump no se comportó aún de forma más extrema que cuando era sólo candidato. No tiene ya ningún obstáculo para amplificar su terrible comportamiento de campaña y sin embargo, se está mesurando. ¿Es un acto esta versión presidencial? ¿O fue un acto la versión de campaña? La ventaja de que sea un acto la versión presidencial, es que ha demostrado que puede adaptarse a nuevas circunstancias. Y la ventaja de que haya sido un acto la versión de campaña, es que sabe utilizar estrategias para conseguir sus objetivos. Su estrategia fue terrible para nosotros que no somos hombres blancos norteamericanos sin educación universitaria. Pero siendo honestos, Trump no tenía a nadie más para convencer. Las mujeres no iban a votar por él, ni los afroamericanos, ni los latinos ni los otros hombres de negocios. Tenía que hablar duro, fuerte y con un discurso fácil a aquel único sector que lo iba a apoyar sin dudar en masa. Eso hizo y funcionó.

Hay una serie en Netflix llamada Billions. El multimillonario protagonista está en casa desayunando con su familia cuando sus dos hijos hacen una apuesta. El más pequeño —quien fue el que ofreció la idea— pierde y el mayor se regocija. El pequeño lo reta de nuevo pidiéndole doble o nada. El grande acepta y para su sorpresa, pierde. No se puede explicar de dónde sacó su hermano menor la habilidad que momentos antes parecía no tener. Papá archimillonario le explica al mayor que lo que su hermanito hizo fue una estrategia de negociación: hacerte el tonto por un tiempo, sacrificando algo de ego y soportando la burla, para después obtener una recompensa mucho mayor. Es táctica. Es estrategia.

Veo el asunto Trump y pienso si aplicó esto de hacerse el tonto y soportar las burlas para obtener la mayor de las recompensas.

Para mí, tiene mucho sentido.

* * *

El ascenso del aguacate.

Ya sabes que cuando estás a favor de algo, las hermosas redes sociales te alimentan con más de eso a favor, convirtiendo el asunto en un ciclo auto-asegurante de tu opinión. Y si estás en contra, también.

Así pues, yo que estoy abierto a más argumentos de por qué esto de Trump no importa tanto encontré un bello artículo del profesor Alejandro Ruelas-Gossi en la Harvard Business Review donde establece que más que preocuparnos por la cortoplacista caída del peso tras la elección de Trump o las posibles alteraciones en el mediano plazo del Tratado de Libre Comercio que México tiene con Estados Unidos y Canadá, debemos enfocarnos en crear valor a las cuestiones geniales que nuestro país produce. Ruelas-Gossi habla de dos tipos de países: los que tienen el enfoque doing y los que tienen el enfoque thinking. México está en los doing.

Producimos, maquilamos y hacemos muchas cosas. Pero no nos sentamos a pensar en cómo hacerlas mejor, en cómo crear un ecosistema tipo Apple de nuestras creaciones. Me encanta la gente que hace propuestas audaces y a la vez originales. Alejandro hace eso precisamente al recomendar que México se centre en el poderoso aguacate Hass, justo como los vascos se centraron en el acero y los chilenos en el cobre más allá de sus típicas aplicaciones limitantes.

La argumentación principal del artículo es que no importaba quién ganara la elección, si Hillary o Trump, México necesita ingresar a una nueva etapa en su economía.

Que así sea.

* * *

ESPN Soccer Power Index.

Anoche fui a comer pizza a uno de esos locales gourmet carísimos lleno de personas que por un lado se preocupan por la economía y publican notas apocalípticas en las redes sociales sobre la malvada influencia norteamericana pero en sábado por la noche pagan cuentas exorbitantes por estar en un local enorme y moderno que transmite fútbol americano, golf y beisbol. El restaurante tiene mingitorios con televisiones individuales para que los usuarios incontinentes no perdamos segundo alguno de la acción. Date una idea.

No puse mucha atención a los touchdowns u hoyos. Pero descubrí que el ESPN Soccer Power Index posiciona a México con 99% de probabilidades para ir al Mundial de Fútbol. Genial. En la época del Big Data, ni el fútbol se ha escapado.

¿Por qué la elección de Trump no ha jodido las probabilidades de nuestra Seleccion Nacional para clasificar al evento más importante del orbe?

“Aaron, no digas tonterías, son cosas separadas”.

¿Lo son? ¿En serio? ¿La economía más poderosa del mundo que ha elegido sorpresivamente a un tipo que nadie esperaba al frente de un país no tiene nada que ver con el evento global más visto en todos los países?

“Así es, Aaron, no tiene nada que ver una cosa con la otra”.

“¿Por qué no tiene que ver?”, preguntaría yo.

“Porque una es un deporte y la otra es política”, respondería mi amigo simplista.

“Entiendo entonces —contestaría yo— que dos eventos globales, que repercuten en miles de millones de personas y que están ocurriendo de forma simultánea en este pequeño planeta no se afectan mutuamente. ¿Entendí bien que eso es lo que me estás queriendo decir?”.

“Así es, Aaron, ya entendiste bien”.

Silencio. Tristeza por un análisis tan…triste.

Yo tengo una teoría diferente. Creo que la Copa Mundial de Fútbol y las elecciones de Estados Unidos no se afectan una a la otra porque hemos decidido colectivamente que así debe de ser.

Artificialmente separamos unas cosas.

Y artificialmente las unimos.

¿Será que la elección de Trump no nos vaya a afectar en lo individual tanto como lo creemos?

“Estás mal, Aaron. La elección de Trump sí nos va a afectar porque está al frente de políticas que repercuten en nuestra sociedad y …”.

Es decir, ahora resulta que lo macro no afecta a lo macro. Pero lo macro sí afecta a lo micro. Lo dudo. Mucho. Es insisto nuestra creencia. Pensar que aquello de allá arriba sea bueno, malo nos tiene así bien o mal—. ¿Realmente te afecta el Mundial? Si eres aficionado extremo, sí.

De lo contrario, no.

¿Y el resultado de las elecciones?

Misma respuesta. Depende de tu nivel de afición al asunto.

* * *

Lo macro y lo micro.

Nos fascina, nos encanta, nos enloquece preocuparnos por lo macro. Hablamos de ello. Lo celebramos. Lo compartimos. Lo criticamos.

Interactuar con lo macro disculpa nuestras débiles acciones en lo micro.

Si mi país está jodido, es por culpa de lo macro.

Si la sociedad es corrupta, es por culpa de lo macro.

Yo soy panzón. Borracho. Inculto. Flojo.

Mentiroso. Pero eso está bien. Mi nula actividad de alto nivel en lo micro se esconde tras lo pésimo que están las cosas en lo macro.

Lo macro es la elección de Trump. Lo macro es el gobierno de Peña Nieto. Lo macro es el Mundial de Fútbol. Lo macro son muchas cosas a las que ponemos extrema atención.

Lo macro es una sábana que si nos la quitaran, descubriría todo el trabajo que tenemos que hacer, las críticas que tendríamos que soportar sobre nosotros mismos y el esfuerzo que tendríamos que encarar.

Quitar lo macro de la ecuación implicaría responsabilizarnos por absolutamente todo a nuestro alrededor. Tu vida sería tu responsabilidad y no el mágico resultado de lo que lo macro ha elegido para ti.

Tomar responsabilidad total de nuestra vida da miedo. Por eso abrazamos lo macro.

Es más fácil llorar porque Trump ganó que enfocarnos en hacer lo que tenemos que hacer.

Procura lo micro. Ataca lo micro. Es el nivel donde tienes más poder. Eres el Dios de lo micro. Tu mundo, tu universo, lo creas tú ahí.

El salto natural de la vida va de dominar lo micro para pasar a lo macro. Lo que no dominemos en nivel micro no podremos dominarlo en nivel macro.

* * *

Rusia, Japón y mexicanos.

Marimar. Verónica Castro. Cuna de LobosMaría la del Barrio. Esas son las cosas por las que nos conocen en latitudades lejanas. Nadie habla de México en términos de “Ah, sí, claro, qué buena es su tecnología” o “Ah sí, los mexicanos, qué tipos tan cultos”. No. En el mundo se habla de nuestras telenovelas. Durante años hemos creído que lo que más exportamos es petróleo pero en realidad lo que más exportamos es drama.

Somos expertos del drama. Y por eso nos reconoce el mundo.

Tú que has viajado a Sudamérica sabes que hay una reverencia casi universal en esos países por El Chavo del Ocho, otra exportación mexicana. ¿Y qué es El Chavo del Ocho? Drama disfrazado. Es un niño huérfano pobre que vive en un barril y que siempre tiene hambre y sueña con una torta de jamón. Si eso no es drama, entonces desconozco la definición.

Esto del drama nos ha hecho famosos. Nuestras telenovelas “cruzan fronteras” y nos encanta presumirlo.

Tanto nos ha conquistado el drama que hemos decidido ser una sociedad que vive así, en el drama continuo.

Hay diferentes tipos de drama. El de alta intensidad es fácil de identificar: es la actriz botada en el piso llorando desgarrada en una escena amorosa difícil. El problema no es tanto ese drama como otro que nos tiene atrapados porque no se nos revela como tal: el drama de baja intensidad. A este tipo de drama lo llamamos “opinión” usualmente. “En mi opinión, —comenzamos a decir, y a continuación viene toda una situación de—: ella debería esto, él debió haber hecho esto” y así.

Soñamos, vivimos y creamos telenovelas. Algunas son ficción. Otras son nuestras vidas.

En la más reciente de nuestras telenovelas el tipo más malvado acaba de aparecer. El tipo que atenta contra nuestra felicidad. Todo iba perfecto en la trama hasta que apareció el más malo de los más malos: Donald Trump.

Este es mi primer ensayo con un tema de actualidad. Y si mi experiencia escribiendo durante muchos años me ha enseñado algo, es que la mayoría no lo leerá completo. “Dime de qué se trata, está muy largo” serán los comentarios de esos amigos que algunos usuarios etiqueten para compartir esta opinión.

El miedo se genera en la superficie. Y dado que pocos se meten a profundidad en la cosas que los aterran, siempre van a permanecer ahí, en ese estado limitante.

Mi técnica es escribir contenido evergreen, notas que tengan sentido independientemente del momento en que se lean.

Hablar sobre Trump es moda. Y desde esa arista este ensayo no durará.

O sí. Si cambio posteriormente el nombre de Trump por la situación dramática en turno. Esto ocurre cíclica y religiosamente cada pocos años. Esta es la razón por la que decidí escribir esta reflexión: uso a Trump como excusa para abordar la ridícula forma de bajo desempeño en que nos comportamos ante estas circunstancias, pero Trump no importa. Importa nuestra reacción. Trump es ruido del mundo y hoy lleva ese nombre y se esfumará, pero el ruido del mundo siempre está ahí y nos tiene tensos, estresados, llenos de miedo si le prestamos atención, como parece que nos encanta hacerlo.

Para mí, Donald Trump es un gran experimento.

Las personas que hacemos negocios siempre hablamos de lo mal que nos gobiernan y cómo sería genial si pudieramos conducir el país de la misma forma que administramos eficientemente nuestras empresas. Este experimento en México falló en el año dos mil, pero la intención de hacer las cosas diferentes estuvo ahí.

Ahora esa intención, ese gran experimento, está en el país que marca el ritmo del mundo.

No estoy haciendo predicciones sobre Trump y su presidencia. Eso sólo puede quitarle seriedad al asunto. Estoy ampliando el rango de la conversación que estamos teniendo sobre el tipo y lo que viene. Saca la palabra “muro” como pieza fundamental de tu argumento y abarca más.

Un gran país deja de serlo cuando no se mete a grandes experimentos. Trump entonces es lo menos que podríamos esperar de la tierra de Obama, del beisbol.

La tierra de Kimberly.

No tengas miedo.

No hagas drama.

No importa mucho. Lo macro.

Ejecuta en lo micro. Domínalo.

Elévate. Analiza.

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