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En La Profundidad De Su Invierno

La chica esperaba pacientemente en la fila de la aburrida oficina de gobierno. Por fin llegó su turno.

¿Tiene aún el mismo domicilio?

Sí.

¿Su número de teléfono es igual?

Sí.

¿Sigue soltera?

…sí…

Estaba ahí para renovar su licencia de conducir, no para ser juzgada. Su humor cambió en menos de veinte segundos, pasando de una indiferencia total ante lo que la rodeaba a sentir que se ahogaba irremediablemente en el mar de la vida.

La burócrata hacía las mismas preguntas de forma monótona a diario. No tenía intención de deprimir a nadie, menos a la dulce chica de cabello largo que atraía la mirada de aquellos en la fila interesados en su género.

Su vida estaba en el mismo punto que tres años atrás cuando realizó el trámite por última ocasión. Todo lo que necesitó fueron tres preguntas de una funcionaria pública para llegar al borde de las lágrimas. Esto pasa cuando te das cuenta que los últimos treinta y seis meses de tu vida se han ido prácticamente en blanco. Cuando no has hecho nada en realidad.

Esa noche —en un café bonito— la más hiperverbal de sus amigas la llenó de consejos baratos. Toneladas de ellos. El tipo de palabrería insulza sobre no desesperarse, que ella valía mucho y así. Las frases de sufrimiento y drama se fueron diluyendo poco a poco entre capuccinos y espressos.

Conduciendo de regreso a casa de mamá tomó una decisión: la vida sería muy diferente en la siguiente renovación de licencia. No saldría corriendo a buscar un esposo sólo porque una burócrata autómata la hizo sentir mal al respecto. Pero de las tres preguntas que la perturbaron, dos iban a tener respuesta diferente en la próxima ocasión.

Salió de su zona de confort.

Rentó el departamento que siempre había querido.

En la zona de la ciudad que más le gustaba.

Cambió su número de teléfono mandando así al carajo las llamadas de viejos amores y dolores.

Y como ese fenómeno que ocurre cuando buscas un objeto por mucho tiempo y no lo encuentras, el amor llegó a ella de repente y sin querer.

No era el tipo de galán que tenía en mente, pero se dio cuenta que eso no lo decide uno. Se sentía especial con él.

Regresó al café con la hiperverbal quien la volvió a llenar de frases triviales al estilo te lo dije  y te lo mereces.

Las cosas no salieron del todo bien con el galán y al poco tiempo terminaron. Todo estuvo bien. Ahora sabía que lo que sea que nos hace falta aparece cuando tiene que aparecer.

Ya no llamó a la hiper. Resultaba cada vez más complejo explicarle los descubrimientos de vida que iba haciendo. Su amiga parecía contar con una ración interminable de consejos e ideas enlatadas de cada uno de los aspectos del amor, la economía, la política, la familia, los amigos, el sexo, la televisión, los viajes, el dinero y la tecnología.

Ella necesitaba escuchar otras cosas, hablar con otras personas.

Entendió su problema de los tres años anteriores: había hecho, dicho y escuchado lo mismo que todos los demás hacían, decían y escuchaban, por eso no era capaz de generar otras soluciones para las cosas que la preocupaban.

Volteó y notó que todo el mundo hacía y pensaba exactamente igual. Era triste. Deprimente. Exasperante.

Luego mandó a volar la presión familiar y social por tener hijos. Logró verse a si misma como una chica con anhelos que pueden —o no— incluir bebés. Dejó de situarse en el papel de fábrica de neonatos para hacer felices a familiares, amigos o vecinos.

También desechó otras ideas misóginas de la sociedad tercermundista en donde vivía. El hecho de salir con los chicos que quisiera cuando quisiera sin pensar en lo que opinarían de ella se volvió su norma.

Sus cambios de actitud y personalidad lógicamente inquietaron a más de uno. Mamá, papá, hermana mayor, jefe y ex-amantes ya no la reconocían. Se alocó, solían decir.

Y sí.

Que una malpagada funcionaria estatal transforme tu vida con tres sencillas preguntas es de locos.

Se dio cuenta —como dice Camus— que en la profundidad de su invierno podía encontrar que había en ella un verano invencible.

*  *  *

¿Tiene aún el mismo domicilio?

Una gran sonrisa responde.

No. Definitivamente no.