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El motín que no fue.

Te llamas Cristobal Colón. Vives en una época donde la movilidad social es prácticamente nula hacia arriba (es decir, si naces jodido, mueres igual). Derrotar esa inercia para lograr el “éxito” siendo un simple plebeyo solamente es posible aventurándote a territorios poco explorados o totalmente desconocidos, encontrando riqueza en ellos y trayendo los baúles llenos de regreso al reino para ahora sí, por fin, recibir a cambio títulos, tierras y el favor de la clase dominante. Eso —ESO— era “emprender” en aquellos siglos. Entiende que en aras del ineludible concepto de “ahorrar costos” tu patrocinador (la reina) te explica que en lugar de marinos profesionales vas a usar decenas de presos que no tendrán salario pero que reciben la promesa de recuperar su libertad si consiguen regresar de la odisea a tu lado. Asesinos, violadores, ladrones y la crème de la crème del mundo underground criminal, todos aceptan sin chistar. Te dan tres botes, te dan la bendición, te dan a tus navegantes improvisados y te dan la expectativa que tienen del asunto para que no te estreses pero que tengas bastante claro los resultados que hay que dar, hijo mío. Y ahí vas, en una ruta jamás intentada hacia donde el mapa no tiene ya nombres para los lugares porque ni siquiera aparecen en él. Las semanas pasan y los tres tipos que saben leer cartas marítimas confiesan a los demás que están en la nada rumbo al fin del mundo. Las conversaciones furtivas para degollarte o al menos arrestarte comienzan y adquieren más intensidad conforme los días avanzan. El motín es inevitable, tanto que ya te enteraste. Pero tienes un plan. Y continúas. Y te mantienes sereno. Haces lo mejor que puedes dadas las circunstancias. Eso —ESO— se llama “ecuanimidad” y es lo que quería platicarte hoy. Sé ecuánime. Justo como el cabrón de Cristobal Colón.