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Ejem, innovadores.

Ayer di una conferencia sobre innovación. Expliqué a los participantes que es imposible instilar a nuestras empresas lo que no tenemos a nivel personal y que esto de la innovación no es la excepción. Platiqué con ellos sobre la Jobs-To-Be-Done Theory de Clayton Christensen. La idea es que los consumidores no compramos productos o servicios sino que realmente contratamos cosas/situaciones/personas para progresar en un objetivo específico. Esto es mucho más profundo de lo que parece y abre una análisis dimensional increíble para entender quién y qué realmente son tu competencia en el mercado.  También comenté a la audiencia que muchas veces la diferencia entre quienes lucen innovadores y los que no es simplemente la cantidad de pasos que cada quien ha estado dispuesto a dar.  Resulta fácil admirar la innovación. Ejecutarla da miedo por las críticas que ipso facto recibimos. Ahora bien, creo que el punto que más resonó de mi conversación fue la cuestión de permitirnos ser ridículos entendiendo esto como un impuesto a pagar. Que se burlen de nosotros lo tenemos catalogado automáticamente como algo malo porque hiere a nuestro ego de manera perfecta, así que evitamos a toda costa ponernos en tal posición. Sin embargo, cuando enfocamos el asunto como algo estratégico y entendemos que nos da ventajas sin límites, conseguimos que ser ridículos sea un modo operacional predeterminado. Al llegar aquí —y esto es lo más importante— descubriremos que solamente lucimos ridículos para quienes están en nuestro nivel o abajo. La gente arriba haciendo cosas interesantes no nos verá así. Son ridículos también. Ejem, innovadores.