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Cómo Ser Pobre y Estudiar en Harmon Hall

Mamá colgó el teléfono, volteó a verme y disparó un ¿Natación o inglés?. Inmediatamente recordé mi primera lección en el agua un par de años atrás. Fue en un día frío y gris donde me lastimé al aventarme mal a la alberca, el instructor no tenía empatía y mi miedo a ahogarme nació. Ese trauma completo salió a escena ante la elección de repetir la actividad o iniciarme en el idioma. Mi respuesta fue astronómicamente fácil.

Inglés, inglés, dije sin dudarlo.

Era mil novecientos ochenta y ocho. Papá había logrado establecer un pequeño negocio de taxis y todo parecía que iba a ser mejor después de tres años difíciles desde aquel accidente que nos había cambiado todo. Comencé a estudiar el idioma en una escuela de esas estrictas. Me enamoré —como es de rigor— de mi primera maestra de inglés y le llevé flores al terminar el curso. Creo que el gesto ayudó en mi conquista pero mis apenas ocho o nueve años de edad se interpusieron en la posibilidad de hacerla mi novia. C’est la vie.

Pasé tres años en esa escuela. Aprendí sobre “she”, “he”, verbos, estructuras, vocabulario, tiempos pasados, presentes y demás. Usar “aprendí” es abusar de la palabra, pero dado que fui a las clases, hice mis tareas y pasé los exámenes, mis papás, los maestros y mis compañeros asumían que eso era lo que estaba ocurriendo conmigo.

La verdad es que no. Lo que en verdad sucedió es que aprendí a sentirme cómodo con el idioma. Y eso es todo. Dejé de ver el inglés como algo exótico y raro, lo cual es el primer paso primordial para las actividades que quieras dominar: dejar de verlas como cosas alejadas en tiempo y espacio, como si estuviesen reservadas para entes superiores.

Dejé de ver el inglés como algo exótico y raro, lo cual es el primer paso primordial para las actividades que quieras dominar: dejar de verlas como cosas alejadas en tiempo y espacio, como si estuviesen reservadas para entes superiores.—Aaron Benitez

Supongo que no fue coincidencia que el negocio familiar de los taxis se fuera a la quiebra por una devaluación de esas de principios de los noventa en México y que de pronto yo dejase de tomar cursos de inglés en aquel Instituto Franklin por las tardes. No me molestó. Al contrario. Ir a las p clases me impedía jugar fútbol en la calle con mis amigos —”los vagos” como mamá nos llamaba cariñosamente. Sí. Aprendí a sentirme cómodo con el inglés. No. Jamás logré sentirme cómodo con el fútbol.

Tenía diez años y un conocimiento bastante decente de palabras, pero no podía tener una conversación en inglés. Mucho menos entender lo que me decían. Mis primeros tres años de estudios del idioma me ayudaron inmensamente al ingresar a la secundaria pública que en su programa ofrecía cursos típicos de How are you?, Good morning y etcétera. Mis maestras me adoraban porque todo lo entendía (ya sabes, en tierra de ciegos…). Yo me sentía un fraude. Sabía algunas cosas pero por ningún motivo podía entender las canciones de Guns and Roses, REM, Nirvana y demás. Y esa era la métrica. ¿Hablas inglés? Entonces tradúceme lo que dice esta canción. Tal era la verdadera evaluación del mundo con respecto a mi conocimiento. Y sistemáticamente reprobé el asunto entre mis amigos de la época.

Papá consiguió un trabajo feo, de esos que te alejan de la familia, no te hacen crecer y te pagan poco. Lo extrañábamos mucho en casa. Y como en combinación fantástica, yo había ingresado al mismo tiempo al bachillerato del terror (algún día te platicaré de esos años en una novela). No sé por qué —designio divino, impulso del alma, mensaje de una dimensión de conciencia superior— pero sé que en uno de esos primeros días de la preparatoria llegué a casa y dije a mamá que quería estudiar inglés. Ve y pregunta, fue su respuesta. Pero en Harmon Hall, agregué. Volteó a verme —estaba lavando o cocinando o haciendo una de esas mil cosas que toda la vida ha hecho— y me dijo okay, ve a preguntar.

Fui y pregunté.

No me preguntes por qué pedí estudiar inglés en Harmon Hall. No conocía absolutamente a nadie que estudiara ahí. Ni siquiera sabía dónde estaba ubicado. No se veía barato. Creo que simplemente no quería regresar al Franklin y cualquier otra cosa sonaba mejor. Y fue mejor.

Llegué. Pregunté. Me espanté de los precios. Me dieron las fechas de ingreso para cursos sabatinos. Y regresé a casa con la información.

No pasó nada.

De repente, papá regresó en uno de sus descansos un viernes por la noche. Al día siguiente, desperté y mamá me preguntó si aún estaba interesado en entrar y yo dije que sí. Me dieron el dinero y me lancé a inscribirme y tomar la clase que comenzaba ese mismo día.

Previamente me habían hecho un examen de evaluación. En mi egocentrismo de haber sido el rey en tierra de ciegos yo pensé que iba a ser ubicado en un curso ultra avanzado. Me regresaron a la tierra y me invitaron a entrar a un curso básico tres. No dije nada a nadie, me tragué mi orgullo y acepté la decisión.

Era mil novecientos noventa y seis. Yo tenía dieciséis años y comencé a estudiar inglés por gusto y decisión propios.

Llegué tarde a mi primera clase, saludé en español (lo cual era casi un pecado en la metodología de entonces) y sufrí el barrido de mi ropa vía todos mis nuevos compañeros.

Ir a Harmon Hall en aquellos tiempos cada fin de semana era un contraste con mi vida diaria. Hice algunos amigos y conocí a mi consiglieri literaria, gran amiga y socia mía hoy en día, Sophia. Donde el ambiente en mi escuela diaria era de mala vibra, hurtos, golpes y bajo desempeño total, la vida en mi curso sabatino de inglés era simplemente bonita.

En casa el dinero siempre fue un problema. De pronto ya no podíamos pagar mis clases en Harmon Hall. O al menos no pagar completo en tiempo. Así que con toda la pena del mundo, mamá me envió a preguntar si podía ir cubriendo mis cuotas en pagos. Me dijeron que sí y con ello comenzó el momento bochornoso.

La forma de controlar la administración de cada alumno en esa escuela de inglés era muy manual en aquellos tiempos. Para tener un control, nos pedían a todos los alumnos presentar nuestras papeletas de pago rosadas al maestro al inicio de cada curso. Todos llevaban siempre el papel adecuado (la papeleta de pago) en el color correcto (rosado) menos yo. Yo no. Yo llevaba un papel diferente en un color diferente. Y todos me miraban raro. Ya sabes, cuando estás muriendo de pena logras transmitir una especie de mensaje silencioso para llamar aún más la atención de una manera increíble. Ahí, donde el mundo jamás te prestaría atención en una circunstancia ordinaria, ahora te pone reflectores.

La directora solía entrar en cada clase a media actividad preguntando por mí. Todo se detenía. Yo recibía un papelito en el cual me recordaban amablemente que me faltaba liquidar tal cantidad del curso que ya estaba tomando.

Fuera de mi pena extrema por esta cuestión de jamás pagar completo ni a tiempo —excepto por mi primer curso— fueron dos años donde sí aprendí inglés, hice amigos y la pasé genial. Solamente falté en una ocasión por el funeral de mi abuela. Jamás reprobé un examen. Y asistí únicamente a clases sabatinas.

Te decía que aquel empleo de papá era feo porque —aparte de la lejanía y la actividad— ganaba poco. Mi pago de inglés era probablemente una tercera parte del salario. O tal vez más. Nunca lo sabré a ciencia cierta. Pero el punto es que jamás tuvimos la plática de te vamos a sacar de Harmon Hall. No compramos ropa. No fuimos a fiestas. No hicimos las cosas que no puedes hacer cuando no tienes dinero.

Pero aprendí inglés y —lo más importante— logré sentirme genuinamente cómodo con él.

Ésta es la razón por la cual jamás acepto la excusa de que alguien no puede estudiar en una buena escuela de inglés por la cuestión del dinero. Es cliché y odioso que te digan esto cuando tu mentecita se ha cerrado, pero es muy cierto: si quieres, puedes.

Ódiame. Pero es cierto: si quieres, puedes.

Cuando creas que no puedas hacer algo, es simplemente que te faltan dos cosas: determinación e imaginación.

Cuando creas que no puedas hacer algo, es simplemente que te faltan dos cosas: determinación e imaginación.—Aaron Benitez

La determinación es esa necedad del alma, esa testarudez de tu espíritu que te hace avanzar sin importar lo demás. Y la imaginación es aquella amiga que te da ideas para proponer tratos ganar-ganar y lograr lo que quieres. A ninguna p escuela le gusta perder alumnos: ponlos a elegir entre salirte o pagar en partes y verás resultados sorprendentes.

Yo no recibí ningún descuento de Harmon Hall. No pedí caridad. Nadie me regaló los libros ni tampoco intenté sacarle fotocopia a los de mis amigos. Donde pones el —poco o mucho— dinero que tengas, es donde genuinamente están tus prioridades. Al tiempo que estuve en Harmon Hall, estudié mi bachillerato en una colonia de extrema pobreza llena de casas de lámina. Y ahí, en todos esos hogares prácticamente sin excepción, no faltaban las televisiones grandes y el servicio de cable. De nuevo: donde pones tu dinero, es donde pones genuinamente tus prioridades.

Veracruz —la ciudad donde aprendí inglés— es famosa por un carnaval lleno de cerveza y desmanes. Este es un lugar donde mucha gente se declara pobre y exclama que no puede pagar cursos en escuelas de alto nivel. Lo que están haciendo a un lado —sin saberlo, sin pensarlo— es aquello que los va a posicionar en condiciones económicas, sociales y profesionales superiores en diez, veinte o treinta años. Quien se expresa en términos de es que ahorita no se puede, la cosa está dura, hay muchos gastos se limita. Lo triste es que muchas de las personas que hablan así son las mismas que adquieren el smartphone más grande vía Coppel, compran los Nike más “padrotes” y compran boletos para viajar al Azteca a ver a su equipo. La gente que es pobre en sus decisiones tiende a la pobreza económica dada una línea de tiempo suficientemente larga. Observa. Observa. Observa. Observa en qué cosas invierten las personas que viven la vida que tú quieres vivir. Cursos. Idiomas. Experiencias.

La gente que es pobre en sus decisiones tiende a la pobreza económica dada una línea de tiempo suficientemente larga. Observa. Observa. Observa. Observa en qué cosas invierten las personas que viven la vida que tú quieres vivir. Cursos. Idiomas. Experiencias.—Aaron Benitez

Sé que esto suena duro. Y puedo esperar los comentarios criticando mi ensayo. Es válido que me digas que no estás de acuerdo. Pero vengo de ahí, donde no había dinero. En serio. No soy un tipo desconectado hablando de algo que no conoce, de algo que no experimentó. Éste no es un texto lleno de teorías. Es un relato de la realidad que me abrazó y que ahora con la distancia puedo analizar mucho mejor.

Vengo de ahí, donde vivíamos al día a día.

Vengo de ahí, donde lo común es hipotecar casas para pagar la fiesta de quince años de la nena porque es importante. No hagas fiestas de quince años si no tienes dinero. No pasa nada. En serio. Nada. Si te aturde “lo que van a decir”, la vida te va a aturdir a golpes en el largo plazo por estarte distrayendo y angustiándote a lo tonto.

Si vives en una colonia pobre, humilde, llena de buenas personas, quiérelas, pero su consejo no te hará subir de nivel. Su opinión tampoco.

No es resentimiento.

Hoy que mi vida es diferente, no me emocionan las fiestas —no gasto dinero en ellas. No busco el celular mas grande o tener el palco en el estadio. No son cosas malas, pero dado que no las necesité en la edad en que todo eso me deslumbraba, hoy en día no son parte de mis requerimientos para estar bien.

Las cosas fantásticas que tú y yo podemos lograr comienzan con decisiones duras e inteligentes.

Las cosas fantásticas que tú y yo podemos lograr comienzan con decisiones duras e inteligentes.—Aaron Benitez

En mi caso, yo tomé la inteligente decisión de estudiar inglés en una buena escuela y mis papás tomaron la dura decisión de sacrificar muchas cosas para pagarle los cursos a aquel chamaco flaco, larguirucho y greñudo que era yo. Lo sabíamos y no lo sabíamos al mismo tiempo: lo que estábamos haciendo era una de nuestras mejores inversiones en la vida. Las ideas, personas y situaciones de las que me he colgado para poder explotar no habrían estado al alcance sin el inglés. Así de simple.

La inversión se sentía bien. Correcta. Si no entiendes algo, pero presientes que está bien y luego lo corroboras al sentirlo en carne propia, sigue por ahí.

No busques “explotar” ahora a tus tiernos dieciséis. No sabes nada de nada. Lo que estudies o hagas y que valga mucho la pena, no se va a notar a su máximo esplendor en este instante.

Busca explotar en diez, quince, veinte años.

Ten determinación e imaginación al mismo tiempo. Esto – te lo juro – resuelve todos los problemas que te puedan agobiar en lo económico. Determinación e imaginación.

Determinación: ser necio como el que más.

Imaginación: proponer alternativas y soluciones ganadoras para todos.

Estudia inglés primero. Siéntete cómodo después.

Sé una familia visionaria.

Ten una familia visionaria.

And make sure you come back to let us know what the truly important things in life are.

Dedicado con amor a Betty y Efrén.