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Admirar Mejor

Estoy cargando gasolina. A unos veinte metros, un joven desaliñado baja de un automóvil modelo de los noventas y abre su cajuela. Enciende su estéreo a volumen nivel mitin político en un estadio de fútbol para cincuenta mil personas. Yo me sorprendo de la falta de sensibilidad hacia el tímpano de los que no somos él. La canción es una de esas donde el cantante hace voz de malo y habla de lo malo que es y glorifica las maldades que hace y, bueno, repito ser malo, malo, malo. No puedo —nadie puede— dejar de ver al joven bastante pasado de peso presumiendo su configuración a otro en la misma sintonía. Entrego mi tarjeta de crédito al despachador y mientras ingresa mi cobro en la terminal yo

Dime que no viene a diario…

y él

No, pero imagina que trae como veinticinco mil pesos de equipo ahí.

(Algo así como unos mil dólares).

Al tiempo que dice esto, sus ojos, tono de voz, gesto y actitud se encuentran en un éxtasis de admiración total. Notar esto es lo único que me hace desviar mi total atención del niño discoteca-ambulante. Le agradezco el servicio y en modo zombie babeando me regresa mi plástico y separamos nuestras líneas de vida para siempre.

Esto ocurrió hace unos días y sigo impactado. Una misma escena y dos conclusiones diametralmente opuestas. Lo que mi amigo trabajador de la gasolinera vio al mismo tiempo que yo nos llevó a percepciones diferentes.

Note to self: no admires sin retar por qué admiras lo que admiras.

No admires sin retar por qué admiras lo que admiras.—Aaron Benitez

Ese mismo día hablé con una de mis socias de Waterhouse sobre Elon Musk y Steve Jobs. Le explicaba que aunque es fantástico lo que se ha construido gracias a ellos, no son figuras modelo para mi estilo de vida. Solía admirar esa ambición desmedida. De varios años para acá decidí que para mí Bill Gates es el tipo de persona en la que me gustaría convertirme.

Gates vino hace unos días con su familia a una hacienda cerca de donde vivo. Su hija participa en una especie de tour global ecuestre y bueno, le tocó participar en coordenadas tropicales. Elon Musk y Steve Jobs son referentes geniales, pero “sólo” (disculpa, dios del emprendimiento) han logrado dominar el mundo de los negocios que cada vez les exige más. Bill Gates pasó de ser un niño insoportable en sus veintes para madurar en un formidable CEO, retirarse a los cuarenta y cuatro años, pasar a ser el líder de una nueva generación de filántropos trascendentales y construir un fuerte núcleo familiar en el camino. Yo quiero eso. Veo el rostro de Musk y veo cansancio constante. Es entendible. No está haciendo tonterías ni jugando. Veía el rostro de Jobs y era adusto, alguien peleando con el mundo, la ineptitud, la competencia, el mercado o su pasado. Yo no quiero eso. Por eso no los admiro en el sentido totalitario de la palabra. Los respeto. Son una guía en ciertas áreas. Pero mi modelo personal de lo que me gustaría convertirme es claro.

Note to self: no admires sin retar qué quieres obtener realmente si llegas a conseguir los mismos resultados de los que admiras.

No admires sin retar qué quieres obtener realmente si llegas a conseguir los mismos resultados de los que admiras.—Aaron Benitez

Anoche platiqué con uno de mis socios de VERSE Technology. Me contaba que había terminado una importante reunión en un imponente edificio corporativo en una gran ciudad y que al salir de la reunión, el gerente líder de la situación lo acompañó y le “aventó” un par de comentarios sobre lo que realmente necesitamos para poder hacer negocios con ellos. Le expliqué a mi amigo que una negociación jamás se presenta a sí misma como “negociación”. Se le llama de diferentes maneras:

  • “ven a hacernos una presentación”, o
  • “comemos y ahí platicamos”, o
  • “nos echamos una llamada y me cuentas”,
  • etcétera.

Le dije que ese trayecto de la sala de juntas al elevador había sido realmente la negociación de su visita. Me dijo que no lo había podido notar así. Le dije que a mí me había tomado años y muchos errores comenzar a darme cuenta de estas cosas.

Note to self: no admires a quienes están varios niveles arriba de ti en lo profesional y te quedes ahí, admirando. Mejor estudia cada pequeña acción que ejecuten y trata de entender por qué lo hacen como lo hacen.

No admires a quienes están varios niveles arriba de ti en lo profesional y te quedes ahí, admirando. Mejor estudia cada pequeña acción que ejecuten y trata de entender por qué lo hacen como lo hacen.—Aaron Benitez

El joven despachador de gasolina tiene su ojo entrenado en la fanfarronería barata.

Yo tengo el ojo entrenado en

  • “hacer más”,
  • “conseguir más”,
  • “ser más chingón”,
  • “ganar”,
  • “competir”,
  • “ser como ese CEO”,
  • “ser como aquel otro”,
  • “construir una empresa así como aquella”,
  • etcétera.

Llámalo tonto glamour superficial.

Mi socio tiene el ojo entrenado en la ingeniería de los proyectos que le pongan enfrente. Llámalo el aspecto técnico duro.

Cada uno de nosotros tres determinamos los límites de lo que realmente podríamos lograr. Si el joven despachador deja de admirar unas bocinas “caras”, puede enfocarse en cosas de más alto impacto para su vida. Si yo dejo de aplaudir la farándula de los negocios, puedo construir el estilo de vida simple y delicioso que me permitirá hacer más de esto: leer, escribir, pasar tiempo con los que amo, influir en cosas más allá de reportes trimestrales. Si mi socio quita ecuaciones, líneas de código y especificaciones de semiconductores de su cabeza para poder notar comportamientos de diplomacia subyacentes, bueno, podría cerrar más y mejores tratos para nuestra empresa.

Todos estamos limitados por lo que admiramos.

Luego, cuando lo conquistamos —comprar las bocinas, aparecer en las prestigiosas revistas de negocios, construir el gran proyecto de ingeniería— nos damos cuenta que había otras cosas en las que podríamos haber puesto atención simultánea también y crecer varios puntos favorables en nuestra vida de forma fuerte y consistente.

De nuevo: lo que admiramos nos limita.

Si desarrollo la capacidad de ser honesto conmigo mismo y admitir que “esto que admiro es una reverenda tontería” limpiaré de forma increíble mi disco duro mental y dejaré espacio para llenarlo con apps fantásticas como el análisis, la reflexión, la imitación ganadora, el arrojo para ejecutar ideas, etcétera.

Si desarrollo la capacidad de ser honesto conmigo mismo para admitir que “esto que admiro es una reverenda tontería” limpiaré de forma increíble mi disco duro mental y dejaré espacio para llenarlo con apps fantásticas como el análisis, la reflexión, la imitación ganadora, el arrojo para ejecutar ideas, etcétera.—Aaron Benitez

Hay que retar todo aquello que admiramos. Amigos. Familiares. Famosos. Ideas. Empresas. Sociedades. Libros. Tecnología. Credos.

Decidamos si realmente – si realmente – conseguir lo que admiramos nos va a poner en donde nuestra esencia nos dicta que tenemos que estar.

¿Qué admiras que no has retado?